La Corte del pueblo
Ante este panorama, no es de extrañar
que la percepción ciudadana sobre
la “Corte del pueblo”, no sea favorable.
“No venimos a hacer una obra de teatro a Chiapas” y mucho menos estuvo planchada la resolución del amparo que reconoce a las comunidades indígenas su derecho al autogobierno, afirmó el presidente de la SCJN, Hugo Aguilar Ortiz, en respuesta a los cuestionamientos surgidos con motivo de la “sesión histórica”, así calificada por el ministro presidente, a la sesión del Pleno del Tribunal celebrada en Tenejapa, Chiapas, la semana pasada, y por la sentencia dictada a favor de la comunidad de La Candelaria, por votación unánime de ocho ministros, seis presenciales y dos a distancia, con uno ausente, en favor de la quejosa.
El ministro Aguilar, pareciera más preocupado por la forma que por el fondo de las funciones y objetivo de la Corte. Esta institución constituye el Tribunal Constitucional de México, según se lee en su sitio oficial de internet, cuya principal función es vigilar que las leyes y actos de autoridad se apeguen a la Constitución y no vulneren los derechos humanos. Además, “garantiza la separación de poderes, el principio democrático y los derechos fundamentales para beneficio de todas las personas que habitan el territorio nacional”.
Se trata de un organismo técnico jurídico, idealmente alejado de la política, porque sus resoluciones deben estar fundamentadas en los ordenamientos de ley. Piedra angular para la certeza jurídica y el respeto al Estado de Derecho. Por eso, trasladar al pleno de la Corte para sesionar en una comunidad indígena, para llevar” la justicia al territorio”, como dicen, y para que la población indígena “vea que somos de carne y hueso, que pertenecemos al pueblo, quienes hacemos justicia”, suena más al discurso de un político en busca del voto popular, que al de un juez impartidor de justicia. Una distorsión de la esencia de la Suprema Corte.
Como gira de candidatos, dice el reportaje periodístico, que los ministros caminaron como celebridades, dos cuadras, vistiendo capa de lana, huipiles y bastones de mando. “Esto es justicia cercana”, diría una ministra emocionada. Como si la justicia dependiera del lugar en donde se administra. Los letrados fueron recibidos con música tradicional, al estilo de un mitin político, con asistencia de grupos indígenas convocados por el ayuntamiento.
Por las características del evento, no podía faltar el gobernador del estado, Eduardo Ramírez, quien recibiría a los ministros con un “Viva la Corte de México”, a todo pulmón. También presente, la alcaldesa de San Cristóbal de las Casas, Fabiola Ricci. Los titulares del Ejecutivo, estatal y municipal, el otro poder, pues, haciendo a un lado la incómoda separación de poderes.
En su debilidad por las formas, el ministro Aguilar, ha buscado, desde un principio, darle su toque personal a la Corte, primero renunciando a vestir la tradicional toga, aunque, tras una reconsideración, aceptó usarla, pero con bordados artesanales que representan la pluriculturalidad y un enfoque de justicia hacia las comunidades indígenas, según se dice.
También hubo cambios en el inicio de la nueva Corte. Dos ceremonias previas a la toma de protesta de los ministros electos. Una ceremonia “sagrada y secreta”, para la “purificación” de las instalaciones de la Corte, seguramente para ahuyentar los malos espíritus y las vibras del pasado neoliberal. Otra ceremonia, después, la de la “consagración” de bastones de mando y servicio que representan el poder, la autoridad y la confianza que una comunidad deposita en sus líderes, simbolizando la responsabilidad de servir al pueblo y de impartir justicia (La Jornada).
Pero ni con todas estas invocaciones al pasado tradicional de los pueblos originarios, se ha logrado el milagro de que la Corte, integrada por ministros elegidos por el pueblo bueno y sabio, tenga mejores resultados, sea más eficiente, austera y democrática que su antecesora.
Un análisis de N+ sobre el desempeño de la actual SCJN frente a la Corte anterior, indica una baja del 40 por ciento en sentencias emitidas. La baja productividad de la actual Corte se explica por el cierre de las dos salas que operaban antes de la reforma judicial. Esto, no obstante, los muy reforzados equipos de apoyo con que cuentan los togados, en cuya integración, los ministros se despacharon con la cuchara grande.
Mientras que el ministro presidente Aguilar arrancó su gestión con un ejército de más de 100 colaboradores, su antecesora en la presidencia, Norma Piña, solo tenía 6 elementos de apoyo. Consciente de esto, el juez Aguilar decidió reducir su equipo, aunque no está claro que tanto lo redujo. La medición sobre la productividad de los ministros, señala al ministro Arístides Guerrero, como el mejor, con 117 proyectos de sentencia. Eso sí, con un equipo de 91 integrantes. En contaste, su colega Lenia Batres aparece como la menos productiva, con solo 40 proyectos, con todo y sus 90 asesores.
Los escándalos de máximo Tribunal, le han restado seriedad y respeto. La adquisición de vehículos blindados para los ministros, con valor de más de dos millones de pesos cada uno; los vuelos en primera clase de algunos ministros; gastos superfluos como la compra de 12 togas por 300 mil pesos y el costo de la ceremonia de purificación, un millón 254 mil pesos.
Ante este panorama, no es de extrañar que la percepción ciudadana sobre la “Corte del pueblo”, no sea favorable. 62.4 por ciento de la población desaprueba el desempeño de los ministros (México Elige).













